“El cuenco de Pietroasa “

24 nov 2012 El País Rafael Argullol
El análisis de este objeto sacramental pone de relieve la importancia de la leyenda de Orfeo en las ceremonias mistéricas

TRAS LA REVOLUCIÓN RUSA, en busca del oro, los bolcheviques fundieron una veintena de piezas preciosas, de gran valor arqueológico, trasladadas desde Bucarest a Moscú, para protegerlas de las tropas alemanas, durante la Primera Guerra Mundial. Este tesoro había sido encontrado en la región de Buzau, en Rumanía, cerca del pueblo de Pietroasa, en 1837. Entre las piezas desaparecidas de este modo se hallaba un cuenco prodigioso en el que estaban grabadas escenas de los misterios órficos con una profusión poco común. Por suerte, medio siglo antes de su destrucción, en 1867, el tesoro había sido cedido unos meses para una exposición en Inglaterra, donde, además de fotografías, se hizo una reproducción galvanoplástica de las piezas. Gracias a eso podemos tener una idea precisa de cómo era el cuenco de Pietroasa.

Quien recuerda esta historia es Joseph Campbell en su extraordinariamente rico libro Imagen del mito. En su obra Campbell teje, con su erudición habitual, una enorme telaraña mitológica formada por relatos de todas las culturas y acompañada por una impactante colección de imágenes. Como en Las máscaras de Dios, y en la mayoría de sus textos, el autor trata de demostrar la unicidad espiritual del hombre al mostrar los múltiples vínculos existentes entre las distintas tradiciones míticas. Uno puede adentrarse en el libro con provecho para seguir las sendas de Siva o Krishna, de Gilgamesh o Quezalcoatl, y contemplar las infinitas variaciones de los dioses y de los héroes.

Si me detengo en el cuenco de Pietroasa es por el interés que siempre me despierta el mito de Orfeo, y por el excepcional testimonio de un relato órfico que se conservó sepultado durante varios siglos antes de ser devastado por la codicia humana. En opinión de Campbell, aquel relato transluce la enorme flexibilidad del mito órfico, en el cual confluyen herencias orientales y occidentales del mismo modo que se proyecta, luego, en el cristianismo. De las fotografías realizadas en Inglaterra durante el invierno de 1867 deduce que la figura central es la Gran Diosa, que podría estar enraizada en suelo indio y cuyas expresiones griegas serían Deméter, en cuanto a la vida, y Perséfone, su hija, desde el lado de la muerte.
El análisis pormenorizado del cuenco sacramental pone de relieve la importancia de los distintos episodios de la leyenda de Orfeo en las ceremonias mistéricas. Y, de hecho, es difícil encontrar otro héroe helénico tan proteico y tan sujeto a continuas transformaciones. Como primer poeta y músico primigenio Orfeo está tan vinculado a los éxtasis místicos como a la armonía de los astros (magnífica, a este respecto, la voz Orfeo en el gran Diccionario de música, mitología, magia y religión de Ramón Andrés, editado por Acantilado, un libro en cierto modo simétrico al de Joseph Campbell, al relacionar éste el mito con la imagen, y aquél con el sonido). Partícipe de la expedición de los Argonautas, dirigida por Jasón, en la cual tiene ocasión de mostrar sus dotes de encantador, Orfeo, desciende a los infiernos, territorio de Perséfone, en busca de su querida Eurídice. En otro capítulo de su existencia, como le sucede a Dioniso, es muerto y troceado por las ménades, para luego resucitar, después del sacrificio, de la misma manera que Cristo resucita tras la Pasión. Los misterios órficos, de los que hay mucha información fragmentada pero pocas certidumbres, debían significar necesariamente rituales en los que se representaban los ciclos de muerte y resurrección, las metamorfosis cósmicas, quizá la rueda de reencarnaciones propia de la metafísica hindú y, con toda seguridad, la creciente creencia en la inmortalidad del alma, inexistente en la época de Homero, pero luego proclamada por Pitágoras, Platón y, como sabemos, transcurrido el tiempo, por el cristianismo. Apenas es posible identificar un mito semejante al de Orfeo en el poder para convocar herencias espirituales provenientes de territorios tan distintos.

De ahí la importancia de la escenografía presente en el cuenco de Pietroasa. Campbell piensa que el tesoro fundido por los bolcheviques fue enterrado en la época de los hunos en esa región de la actual Rumanía. La factura de las figuras, algo primitiva y sin el refinamiento de los grandes centros de producción artística, sugiere que las piezas halladas en Pietroasa fueron obra de artesanos periféricos. Pero esto añade más valor al cuenco ceremonial pues permite adivinar componentes de sincretismo religioso en las sucesivas escenas iniciáticas. Incluso ese Orfeo, guardián de los misterios, presentado, portando una caña, como el pescador de almas, remite directamente a la metáfora central de Cristo como héroe fundador del cristianismo: “Yo os convertiré en pescadores de hombres”, dice, según los Evangelios, a sus discípulos.

De acuerdo con las fotografías inglesas, visto desde arriba, el cuenco de Pietroasa parece un remolino que se sumerge en la tierra. Y la sugestión es acertada porque la historia que contiene se desarrolla como una espiral sin fin en la que, en cierto modo, quedan abrazados, en una sola imagen, todos los mitos. Aunque, quizá, lo más adecuado sería decir que ese cuenco es Orfeo mismo: sumergido en el subsuelo, vuelto a la luz, destruido y resucitado (gracias, eso sí, a una fotografía en blanco y negro realizada en el siglo XIX).

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