“Peor, imposible”

Que se lo pregunten a Avelino Pérez, que en 1962, durante la gran huelga minera contr ala dictadura escapó de milagro de la Guardia Civil arrojándose al Nalón

Javier Cercas 18 ENE 2015

1421409652_548397_1421409727_noticia_normalIlustración de Pablo Amargo

Casi desde que estalló la crisis parece el lema de este país: “Peor, imposible”. Se lo hemos oído a gente de todo tipo: a analistas políticos, a economistas de relumbrón, a líderes independentistas (sobrevenidos o no), a líderes de partidos alternativos (sobrevenidos o no), a líderes del PP (cuando el PSOE gobernaba) y a líderes del PSOE (ahora que el que gobierna es el PP). La frase, en la televisión, puede sonar bonita, auténtica, honesta, preocupada y radical; la idea está clara: peor de lo que ya estamos, política y económicamente, no podemos estar, así que cualquier decisión que tomemos, por salvaje o disparatada que sea –negarse a pagar la deuda externa, digamos, o declarar la independencia de Cataluña a la brava–, no nos llevará a una situación más complicada que la actual. Quien no tiene nada, dice Bob Dylan, no tiene nada que perder. De perdidos, dice el dicho, al río.

Menudo disparate. La frase sonará bonita, pero es falsa, deshonesta, frívola y reaccionaria. De entrada es un insulto a millones de personas, africanos, latinoamericanos y asiáticos que no pertenecen a la minoría de privilegiados a la que pertenecemos nosotros, que se hallan en una situación mucho peor que la nuestra y que, a diferencia de nosotros, tienen muy pocas esperanzas de salir de ella. Además, constituye otra prueba de que vivimos en una dictadura del presente, donde el pasado parece a menudo algo ajeno y remoto, y no lo que es: una dimensión del presente sin la cual el presente resulta incomprensible; una dictadura, en fin, donde nadie parece muy interesado en averiguar de dónde venimos, y nadie parece saber por tanto adónde vamos. ¿Cómo que ya no podemos estar peor de lo que estamos? La verdad es exactamente la opuesta: salvo en los 30 últimos años, en este país siempre hemos estado muchísimo peor de lo que estamos, tanto desde el punto de vista político como económico. Esto no es una opinión: es un hecho.

“Hijo mío, de lo malo a lo bueno se pasa muy bien, pero de lo bueno a lo malo hay que ver qué mal se pasa”. Eso decía mi abuela

Que se lo pregunten a quienes tienen memoria y no viven en la dictadura del presente.Que se lo pregunten a los viejos sindicalistas de UGT y CC OO. Que se lo pregunten a mis amigos los viejos mineros de Langreo. Que se lo pregunten, sin ir más lejos, a Avelino Pérez, histórico militante del PSOE asturiano que en 1962, durante la gran huelga minera contra la dictadura –en lo más duro del duro invierno franquista–, escapó de milagro de la Guardia Civil arrojándose al Nalón, y que en 1982, después de pasar tres años como diputado en el Congreso –porque se lo pidió su partido–, abandonó Madrid sin que nadie se lo pidiera y volvió a la mina sin dejar de militar en su partido hasta hoy. Que le pregunten si las condiciones laborales y sanitarias que él padeció y que se ha pasado su vida peleando por mejorar son las mismas que disfrutan los mineros actuales, si peor que hoy no pueden estar. Que se lo pregunten. Y luego que recuerden una frase memorable que me dijo muchas veces mi abuela Francisca, quien conoció la Restauración y la II República y la guerra y el franquismo y la democracia actual: “Hijo mío, de lo malo a lo bueno se pasa muy bien, pero de lo bueno a lo malo hay que ver qué mal se pasa”. Eso decía mi abuela, y ese sí podría ser nuestro lema, porque eso es lo que nos pasa.

¿Significa esto que hay que estar muy satisfechos de cómo estamos porque, a pesar de lo mal que estamos, casi nunca estuvimos mejor? Menudo disparate. Satisfechos, lo que se llama satisfechos, sólo pueden estarlo los canallas. Es más: quienes a nuestro alrededor no tienen nada y por tanto no tienen nada que perder tienen todo el derecho del mundo a pensar que peor, imposible; pero nosotros, usted y yo, no: nosotros tenemos que decirles que no es verdad, que es posible estar peor –sobre todo si tomamos decisiones salvajes o disparatadas–, que de hecho casi siempre hemos estado peor y que eso de que “de perdidos al río” ha sido lo que siempre ha llevado al poder a los tiranos y demagogos que en el mundo han sido; decirles eso en vez de decir frases bonitas, y mientras tanto echar una mano y arrimar el hombro donde haga falta y a ser posible sin que nadie se entere. En otras palabras: no hay duda de que estamos metidos en un agujero, pero si no sabemos exactamente de qué clase agujero se trata y cuándo y cómo se cavó, nunca saldremos de él.

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