“Definiciones”

26 abr. 2015 El País  CARLOS BOYERO

 Los lingüistas especializados en el significado de expresiones entre castizas y dadaístas tendrán muy complicado explicar en que consiste lo de “la repera patatera”. Cuando escucho al escasamente elocuente director de la Agencia Tributaria definir con ese retruécano lo que sus estupefactos y escandalizados ojos han visto sobre fortunas exportadas a paraísos fiscales, blanqueo de capitales, delincuencia económica, tal vez practicada por gente de orden, de los que pronuncian con sentimiento incondicional el sagrado concepto de patria (española, o catalana, o vasca), intuyo a que se refiere en su simbolismo de tubérculos y fruta, pero no puedo evitar una ligera vergüenza ajena.

Serán cosas del caprichoso subconsciente pero asocio lo de repera patatera con la presunta gracia verbal de individuos ensotanados que padecí en la infancia y la adolescencia, con tertulia de casino en el franquismo entre ciudadanos pudientes y socarrones, con la expresividad rancia, con un sentido descriptivo que no corresponde a mis gustos estéticos.

E imagino la náusea que debe provocar esa repera patatera. Y el estado de pánico que debe de estar padeciendo ese Gobierno y ese partido cuyo sentido de la responsabilidad social ha logrado (aseguran, sin que les crezca la nariz) que la crisis no haya devorado a sus queridos compatriotas, con un cuidado especial, filantrópico y épico hacia los más débiles. Los navajazos entre la gran familia pepera, el tumultuoso cambio de barco huyendo del naufragio, el ajuste de viejas cuentas y la venganza por antiguas ofensas, celos, envidias, esas cositas que marcan la condición humana, pueden ser un espectáculo sangriento.

Y la conjura de los que todavía mandan para decretar impronunciables las asquerosas palabras “amnistía fiscal”, la astuta y pragmática Soraya sabiendo que ya no les queda tiempo para seguir negando la evidencia. Incluso podría ocurrir el estratégico milagro tratando de calmar a la plebe, con las elecciones en el cogote, de que se hiciera pública la identidad de los 30.000 enganchados al “pilla la pasta y corre” o a los 715 presuntos blanqueadores de su vil metal. Pero a los grandes tiburones blancos no los cazará ni Spielberg. Como mucho, el sistema castigará un poquito a los imprudentes que no supieron proteger su honorable disfraz.

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