“Los fiascos del ‘Made in Germany’”

El fraude de Volkswagen se suma a otros escándalos de la banca y la industria alemana que minan la credibilidad empresarial

Enrique Müller Berlín 27 sep. 2015

1443197454_856174_1443198072_noticia_normalPlanta de ensamblaje de Volkswagen en Wolfsburgo (Alemania) / TOBIAS SCHWARZ (AFP)

La venerada imagen que tiene Alemania de ser un país eficiente y puntual y cuyo emblemático sello de exportación Made in Germany es aceptado en todo el planeta como garantía de calidad, sufrió un duro golpe el fin de semana pasado a causa de una saga digna de un filme de villanos que se creen muy astutos. Volkswagen, una de las joyas más preciadas de la gran industria alemana y que da empleo directo a unas 600.000 personas en todo el mundo, se vio obligado a admitir que había engañado a las autoridades medioambientales estadounidenses al instalar un refinado software que le permitía trucar las emisiones de gases tóxicos en varios modelos con motores diésel.

El escándalo, de consecuencias aún por definir, ya le costó el cargo al presidente de la junta ejecutiva del grupo, el venerado Martin Winterkorn, y amenaza con dejar sin trabajo a varios otros altos ejecutivos. Peor aún, el engaño dejó al desnudo que en la planta noble del consorcio, que tiene su sede en Wolfsburgo, se aprobaron estrategias con el objetivo de violar las reglamentaciones europeas y las rígidas leyes medioambientales en Estados Unidos, medidas fraudulentas para facilitar la venta de estos automóviles en un mercado reacio a los motores diésel.

El precio que deberá pagar Volkswagen por el engaño aun se desconoce, pero el escándalo revivió un aspecto poco conocido de la primera potencia económica de Europa. ¿Es Alemania un país corrupto y los ejecutivos forman una familia sin escrúpulos donde impera el lucro por encima de la honestidad? El interrogante no es gratuito y este aspecto poco conocido del país ha merecido en el pasado varias portadas de los medios más importantes, cuando se hicieron eco, o descubrieron, varios escándalos de corrupción protagonizados por firmas tan emblemáticas como Siemens, por bancos como el Deutsche Bank y el Commerzbank y también por las familias políticas y los sindicatos.

En 1982, el país se quedó sin aliento cuando la revista Der Spiegel descubrió que Friedrich Karl Flick, dueño del imperio privado más grande del país, había repartido decenas de millones de marcos entre los cuatro partidos políticos que tenían representación en el Bundestag, el SPD, la CDU, la CSU de Baviera y el pequeño partido Liberal (FDP), para obtener una exención fiscal para la venta de un paquete de acciones de Daimler Benz, valorado en 2.000 millones de marcos. “No puedo recordar nada sobre ese acontecimiento”, dijo Helmut Kohl ante una comisión parlamentaria que lo interrogó en 1984, una declaración que lo convirtió en el protagonista del primer ‘apagón’ de la política alemana. Su partido, la CDU, había recibido más de 16 millones de marcos.

La gran industria alemana se benefició hasta 1998 de un interesado vacío legal que le permitió pagar sobornos en medio planeta y desgravar de impuestos el dinero utilizado para obtener contratos. Este sistema permitió a Siemens, otra joya de la gran industria germana, expandirse con rapidez por los mercados en vías de desarrollo. En España, la empresa pagó comisiones millonarias y terminó creando una “caja negra” para seguir pagando sobornos después de que el Gobierno alemán tomara medidas para frenar estas prácticas.

En 2008, la empresa Siemens fue obligado a pagar una multa de unos 1.000 millones de dólares tras haber sido hallada culpable de haber cometido por más de 400 casos de soborno en casi todo el mundo. Un año más tarde otra empresa alemana, el fabricante de vehículos pesados MAN, actualmente filial de Volkswagen, fue condenada a pagar una multa de 150 millones de euros después de demostrarse en los tribunales que había pagado sobornos en Europa, África y Asia para vender camiones y autobuses.

La gran banca tampoco es ajena al síndrome de la corrupción en Alemania. En junio pasado, los dos presidentes del Deutsche Bank, la principal institución financiera, se vieron obligados a renunciar después de soportar un aluvión de críticas por un pecado cometido por la institución. El banco había sufrido una importante derrota legal ante los supervisores de Estados Unidos y Gran Bretaña que le obligaron a pagar una multa de 2.500 millones de dólares por haber manipulado durante cuatro años el precio del Libor, el Euribor y el Tibor, los tipos de interés que se aplican en Europa a los préstamos entre bancos.

Un mes antes, el Commerzbank había aceptado pagar una multa de 1.450 millones de dólares a las autoridades estadounidenses, tras reconocer que había realizado operaciones comerciales con dos países embargados, Irán y Sudán. La picaresca alemana no es nueva y varios expertos creen que la afición por el soborno, el engaño y las trampas, nació en 1949, cuando en el recién creado Bundestag se debía votar la capital provisional del país —Bonn o Fráncfort—. Varios parlamentarios recibieron la suma de 20.000 marcos para inclinar la decisión a favor de Bonn, la ciudad elegida por Konrad Adenauer.

La corrupción empresarial en Alemania también puso fin a la exitosa carrera política de varios importantes dirigentes alemanes y a uno de los más importantes líderes sindicales del país. En 1983, el ministro presidente del Estado libre de Baviera, Max Streibl, se vio obligado a renunciar cuando admitió que tenía muchos amigos en el mundo (la palabra “amigos” la pronunció en español). Uno de los amigos era Burkhardt Grob, un rico empresario que lo había invitado a pasar esplendidas vacaciones en Brasil. Como agradecimiento, el político bávaro autorizó varios encargos multimillonarios para el empresario “amigo”.

Ese mismo año le tocó el turno a Franz Steinkühler, el entonces presidente de sindicato IG Metall, el más grande y rico del mundo. El sindicalista y militante del SPD utilizó información privilegiada para especular en la Bolsa de Fráncfort. Gracias a su condición de miembro del Consejo de Vigilancia de Daimler Benz, Steinkühler se enteró con varios días de anticipación de la fusión de Mercedes AG Holding con Mercedes Benz y compró acciones por valor de un millón de marcos que le dejó un una jugosa ganancia, pero le costó el cargo.

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