“Fantasías para diferenciarse”

Las mitomanías de un país afectan a su historia. Es en las comunidades más diferenciadas —Cataluña, País Vasco, Galicia— donde las modificaciones del pasado y los avatares producidos por el transcurso del tiempo adquieren especial vigor

Luis Goytisolo 10 OCT 2015

1441362036_101523_1444406953_noticia_normalENRIQUE FLORES

No es una peculiaridad española. Prácticamente todos los países, empezando por los más próximos —Francia, Inglaterra, Portugal, Italia— padecen problemas similares. Como algunas personas, y no precisamente a partir de cierta edad. Inventar historias —mitomanía— es algo que en esas personas se da prácticamente desde la infancia.

Si en el individuo semejantes mitomanías son algo que forma ya parte de su manera de ser, las propias de un país afectan más bien a su pasado, a su historia. Aunque eso sí, siempre en menor grado —comparativamente— que aquellas que dentro de cada país afectan a determinadas regiones que en virtud de ciertas singularidades intentan diferenciarse del Todo. Y, debido sin duda a ese empeño, los rasgos diferenciales esgrimidos suelen ser más numerosos y llamativos que los de ese Todo. El objetivo, hacerlos repercutir en el presente.

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En España, las fantasías propiamente nacionales suelen corresponder a las de la tradición castellanoleonesa. Las espectaculares victorias militares conseguidas gracias a la intervención directa de la Virgen de Covadonga o de Santiago (300.000 moros abatidos), sin ir más lejos. Por otra parte, del mismo modo que se añaden fantasías a determinados hechos del pasado, otros hechos pueden ser negados, silenciados o simplemente dejados de lado. El desinterés, por ejemplo, extendido a toda la península, hacia cuanto se refiere a la presencia de los fenicios, que dista mucho de limitarse a unos pocos puntos de la costa.

Parecido desinterés o abandono es el que se da asimismo respecto a las ricas huellas de la presencia romana, como si la Bética no hubiera formado parte de la metrópoli y emperadores como Trajano, Adriano y Marco Aurelio no fueran originarios de la Bética. Y no me refiero sólo, qué sé yo, a las ruinas de Itálica, sino, por ejemplo, a esos baños romanos que por todas partes subyacen a los baños árabes. Y es que, sin duda alguna, allí lo prioritario ha sido tradicionalmente cuanto se refiere a la presencia musulmana, por más que los arcos de medio punto de la mezquita de Córdoba sean de origen visigótico y que la Alhambra responda a un esquema parecido al de Villa Adriana, a las afueras de Roma. Eso sí, en ningún país árabe de los que conozco he visto monumentos de similar belleza.

El objetivo de las leyendas
nacionales es hacerlas repercutir
en el presente

Como es lógico, donde este tipo de planteamientos y modificaciones del pasado adquiere un especial vigor es en las comunidades autónomas históricamente más diferenciadas, esto es, Cataluña, País Vasco y Galicia; mitos, actitudes y creencias que se refieren tanto a sus respectivos orígenes como a diversos avatares producidos en el transcurso del tiempo. De las tres, la menos problemática es Galicia, ya que su componente celta —al que son remitidas la mayor parte de sus peculiaridades y tradiciones— es indiscutible. En este sentido carece de importancia el que sus antepasados llegaran del norte o, por el contrario, que a partir de Galicia se extendieran hacia el noroeste de Francia y las Islas Británicas.

La inventiva más ambiciosa es sin duda la que se refiere a los orígenes del pueblo vasco. De acuerdo con la tradición, su ascendencia se remonta nada menos que a Túbal, nieto de Noé, por lo que su idioma sería anterior al caos lingüístico producido por la frustrada construcción de la Torre de Babel. Desde un punto de vista más propiamente histórico, está por ver —como en el caso de Galicia— si los vascos llegaron a la península desde el sur, vía el Rif, lo que les convertiría en íberos de lo más genuino en la medida en que serían los únicos en haber conservado el idioma original —teoría ampliamente considerada— o, por el contrario, procedían del norte, de la actual región de Aquitania, para extenderse desde allí a lo largo de los Pirineos y el golfo de Vizcaya, sin que en la vertiente norte mantuvieran su presencia más allá del País Vasco francés.

En lo que se refiere a Cataluña, sus singularidades nos remiten a tiempos relativamente próximos. No se pone en entredicho, por ejemplo, el sustrato ibérico, avalado por numerosos yacimientos arqueológicos. Eso sí: la presencia fenicia no sólo suele desdeñarse, como en el resto de España, sino que con frecuencia pura y simplemente se rechaza. Así, el expresident Pujol afirmó en una ocasión que, en Cataluña, los griegos; los fenicios, más al sur. ¿Se estaría refiriendo al hallazgo, por parte de Hércules y Jasón, de la Barca Nona en las proximidades, según la leyenda, de Barcelona? Porque las dos únicas colonias griegas que han dejado su huella en la península, Ampurias y Rosas —quién sabe si construidas sobre un previo asentamiento fenicio—, se hallan situadas a muy corta distancia de los Pirineos. Este es a menos el caso de los cartagineses que, lejos de limitarse a recorrer Cataluña de paso para Italia al mando de los Barca, se asentaron de forma permanente en diversos lugares —Barcelona entre otros— sobre un previo asentamiento fenicio.

Al igual que en Andalucía, tampoco en Cataluña es debidamente apreciado su pasado romano. Presente de forma esplendorosa en Tarragona, no se le ha dado aún el merecido realce al dejar pendiente de restauración una buena parte de sus construcciones, cuyo interés supera con mucho al de las existentes en Barcelona. Tampoco parece despertar interés la importancia que tuvo, no ya Tarraco, sino la Tarraconense, provincia que lindaba con la Bética y la Lusitania, abarcando así prácticamente la mitad norte de la península. Un caso muy similar al de lo que ocurre con el Imperio Visigótico, cuya primera capital, antes de trasladarla a Toledo, fue Barcelona.

Según la tradición, la ascendencia del pueblo vasco se remonta a Túbal, nieto de Noé

Y es que, de los pueblos germánicos, todo el interés se lo lleva el Imperio Carolingio, en la medida en que, a diferencia del Visigodo, su presencia tiene un carácter diferenciador respecto al resto de España puesto que con él da comienzo la reconquista de un territorio que, a grandes rasgos, se corresponde con la actual Cataluña: la Marca Hispánica. Si algo hay de problemático desde este punto de vista es, precisamente, la palabra “Hispánica”.

Según el historiador de finales del siglo XIX, Víctor Balaguer, el don Pelayo de Cataluña fue Otger Catalón, Kathaslot, Gozlantes, Gotlantes o Gotlán, una figura que al igual que sus Nueve Varones de la Fama, actualmente parece haber entrado en el olvido.

Obviamente, hablar de Aragón o de los reyes de Aragón tampoco gusta, ya que al casarse la heredera del trono aragonés con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, se tiende a considerar que la dinastía es ya catalana. Como si por el hecho de ser él varón y ella mujer se trasladase automáticamente a Cataluña la titularidad de la monarquía.

Luis Goytisolo es escritor.

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