“El imperio de los corrompidos”

Aunque la corrupción siempre fue endémica en España, el régimen del 78 introdujo una nueva dimensión. De una corruptela individual y artesanal, en la que el mismo cargo público prevaricaba, cobraba y disfrutaba de los ingresos ilícitos, se pasó a una corrupción organizada por los partidos.

Juan M. Blanco 19 dic 2015

Tras multitud de escándalos, revelaciones de repugnantes enriquecimientos ilícitos, todos los partidos han incluido en su programa electoral diversas medidas anticorrupción. ¿Qué mejor forma de atraer al votante que prometer separar el grano de la paja, los culpables de los honrados, perseguir a los granujas, depurar la política para que retome un carácter limpio y puro? Desgraciadamente, por ignorancia o maldad, muchos confunden las causas, la naturaleza de la corrupción en España. Y las medidas propuestas resultan tan ineficaces como un matamoscas para cazar un tigre. No funcionan en un marco donde la corrupción no es individual, sino estructural, donde la línea de demarcación entre justos y pecadores no es nítida sino borrosa, donde el latrocinio es consecuencia de un sistema de prebenda y privilegio, donde la posición de cada uno no depende del mérito y el esfuerzo sino del favor del poder. Y los favores se devuelven.

Aunque la corrupción siempre fue endémica en España, el régimen del 78 introdujo una nueva dimensión. De una corruptela individual y artesanal, en la que el mismo cargo público prevaricaba, cobraba y disfrutaba de los ingresos ilícitos, se pasó a una corrupción organizada por los partidos, un sistema que separaba en el espacio, incluso en el tiempo, la prevaricación del cohecho: el favor otorgado y el cobro se realizaría por personas distintas, sin conexión aparente entre ellas. Las diferencias ideológicas no fueron obstáculo para que todos los partidos acordasen tácitamente repartirse la tarta de las comisiones, mientras desactivaban controles, desmontaban contrapesos, domesticaban a la prensa, pavimentaban un atajo que condujese a un sistema clientelar, de intercambio de favores.

El novedoso sistema era capaz de enmascarar la conciencia de actuar incorrectamente, empujando hacia la podredumbre a muchos militantes

El novedoso sistema era capaz de enmascarar la conciencia de actuar incorrectamente, empujando hacia la podredumbre a muchos militantes que quizá nunca habrían participado en episodios de corrupción individual. Como no se beneficiaban personalmente, llegaron a pensar que la práctica no era tan reprobable, tan sólo una controvertida vía para financiar los gastos electorales de su partido. Incluso perdieron la perspectiva al observar que el cobro de comisiones era omnipresente: no podía ser tan malvado un juego en el que participaba todo el mundo, del rey al concejal. Pero la financiación del partido no era el único objetivo del esfuerzo corruptor, ni siquiera el principal: gran parte del formidable caudal fluía puntualmente a las cuentas privadas de los dirigentes. Desgraciadamente, sólo conocemos la punta del iceberg del colosal latrocinio; muchos bribones parece haberse ido de rositas… por ahora.

Corrupción: mucho peor el destrozo que el robo

Las consecuencias de la corrupción generalizada han sido devastadoras; las pérdidas para la sociedad son muy superiores a los fondos que se embolsan los corruptos. La corrupción impide la competencia, entorpece la eficiencia y desanima la cooperación. La infinidad de trabas burocráticas que lastran nuestra economía, dificultan la creación de empresas y empleo, no son casuales: son barreras establecidas deliberadamente por los gobernantes para generar oportunidades de enriquecimiento ilícito. Se trata de restringir la competencia, garantizando elevados precios y suculentos beneficios a los empresarios amigos, que pagan por el favor. Como consecuencia, no prosperan las empresas más eficientes, sino aquellas más inclinadas a los sobornos. Los corruptos multiplican las leyes, generan normas y regulaciones, especialmente complejas y retorcidas, creando en el sistema económico cuellos de botella donde colocar sus particulares peajes. Lo advirtió Cornelio Tácito: “Corruptissima re-publica, plurimae leges” (los estados más corruptos son los que más leyes tienen). ¿Qué diría el historiador romano si supiese que en España se han promulgado en pocas décadas más de 100.000 leyes, mayoritariamente autonómicas?

Los corruptos desvían el gasto público hacia aquellas partidas que proporcionan mayor flujo de comisiones, impulsando proyectos faraónicos, poco rentables para la sociedad. Y socavan la confianza que los ciudadanos tienen en los demás, ese delicado capital social con el que se teje la cooperación. En ambientes de generalizada corrupción política, los individuos tienden a desconfiar de las personas ajenas a su entorno porque el concepto que cada sujeto se forma de los desconocidos, de la gente en general, está muy influido por la imagen que percibe en sus dirigentes. Y este recelo fomenta conductas poco cooperativas, una tendencia a organizarse en grupos cerrados, en facciones donde predominan las fidelidades de tipo personal.

La corrupción no es privativa del ejecutivo y el legislativo: también se contagió al judicial

Las medidas anticorrupción convencionales sólo pueden atajar una corruptela individual y excepcional. Surten efecto cuando el sistema es, en su mayor parte, limpio y honrado, cuando existen organismos capaces de controlar, detectar, denunciar y procesar a una minoría de pícaros y tunantes. Pero no en un universo donde la deshonestidad constituye la costumbre asentada, en un sistema donde el supuesto vigilante también es corrupto. La independencia del poder judicial es necesaria, sí, pero no suficiente para resolverlo. La judicatura no es un colectivo puro e inmaculado, investido de un halo de santidad. Ni está exento de conflictos de intereses. La corrupción no es privativa del ejecutivo y el legislativo: también se contagió al judicial.

La corrupción generalizada como síntoma

La corrupción estructural no se encuentra tanto en los individuos, ni en la idiosincrasia de los pueblos, como en el sistema, en la nefasta organización institucional. Aun existiendo granujas natos y personas de honradez a toda prueba, la actitud de la mayoría depende del ambiente, de lo que observa en el resto. Muchos tienden a sucumbir a la tentación cuando esperan que los demás también se tuerzan. Por eso, la corrupción sistémica es una perniciosa institución informal, un conjunto de reglas que suplanta a las leyes, un equilibrio muy robusto que se fundamenta en las expectativas de los implicados: es muy difícil que un participante cambie su estrategia si espera que el resto siga actuando así. Hay pocos incentivos para que un gran empresario deje de pagar comisiones si piensa que las demás empresas continuarían sobornando y que su corporación quedaría fuera del negocio.

Una vez establecida, no hay medidas, leyes, palancas, botones o parches puntuales capaces de contener la corrupción institucionalizada. De nada sirve aumentar las penas pues, en la práctica, nadie vigila al vigilante. Ni crear nuevos órganos de supervisión porque, tarde o temprano acaban arrastrados por la perversa corriente. Ni cambiar a los gobernantes podridos por otros supuestamente honrados pues los incentivos perversos permanecen y la naturaleza humana resiste mal las tentaciones. ¿De verdad creen que todos los que se afiliaron apresuradamente a los nuevos partidos poseen una intención generosa y altruista, un anhelo de esforzarse por el bien de los demás?

La corrupción generalizada es especialmente escurridiza porque no es la enfermedad sino un síntoma de males mucho más profundos

La corrupción generalizada es especialmente escurridiza, muy resistente a los antibióticos, porque no es realmente la enfermedad sino un síntoma de otros males mucho más profundos. Es el reflejo de un sistema de acceso restringido, un marco basado en privilegios, relaciones personales e intercambio de favores. Por eso, para abandonar el régimen de latrocinio son inútiles los cambios parciales o timoratos. Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas. Deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás, ser capaces de superar la enorme inercia, catapultar el sistema a una órbita distinta: a un sistema de libre acceso con instituciones objetivas, relaciones impersonales, mecanismos de selección basados en el mérito, el esfuerzo, la buena gestión y la capacidad de innovación. Si no actuamos en consecuencia, tropezaremos una y otra vez en la misma piedra hasta perdernos definitivamente en el laberinto de la frustración.

 

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