“Rajoy trata de imponer el silencio de los corderos”

31.12.2015  J. L. González Quirós

Tras el resultado de las elecciones, llama la atención el agudo contraste entre el debate político que se ha suscitado en el PSOE y el patológico silencio, que podría llegar a ser mortal, con que los órganos del PP han acogido el nuevo varapalo electoral. Mientras el PSOE muestra su pluralismo y sus cimientos se conmueven ante una situación difícil de manejar, en el PP parece imponerse una solución puramente tacticista, al tiempo que se consiente sin rechistar que Mariano Rajoy se autoproclame, sin debate alguno y sin el efectivo apoyo de nadie, como la única solución posible ante cualquier eventualidad, da igual si se habla de un gobierno de coalición, que si se plantea una nueva consulta electoral. El miedo cobarde y sin causa es el único guardián de la viña de Rajoy.

Rajoy se ha dejado arrastrar por una identificación absoluta entre el PP y su maltrecha figura de perdedor

El enroque de Rajoy y un análisis profundamente equivocado

Con un absolutismo digno de mayores méritos, Rajoy se ha dejado arrastrar por una identificación absoluta entre el PP y su maltrecha figura de perdedor, el PP c’est moi, eso dice, y nadie parece desmentirle con alguna rotundidad, aunque no sean pocos los que piensan que su figura es más responsable del debe que del haber, y que cualquier otro candidato menos lastrado por la corrupción y más interesado por el bien común que por su biografía, hubiera podido y podría obtener mejores resultados.

Rajoy se ha empeñado en proclamar una victoria inexistente y sus turiferarios se desgañitan tratando de mostrar unos supuestos signos secundarios del éxito olvidando lo esencial: en primer lugar, que nunca nadie ha pretendido ganar las elecciones con tan escaso bagaje de votos, y, en segundo término, que en un sistema parlamentario, como es el nuestro, si la aritmética no permite una mayoría, y no la permite en ninguna dirección, salvo un imposible gobierno de coalición entre PP y PSOE, que, sin entrar en otras razones de fondo, nadie en el PSOE parece dispuesto a propiciar, no hay otra salida razonable que una segunda vuelta.

Confundir la democracia con el propio éxito

Rajoy y los que actualmente controlan el PP arrastran todavía un viejo prejuicio de la era franquista, la convicción de que la mayoría silenciosa se va a conformar con que se mantenga estable el precio de los garbanzos, error al que ha venido a unirse la confusión entre su éxito y el de la democracia misma, de manera que cuando los votos no le son favorables, como ahora ha sucedido, ponen el grito en el cielo pensando que la patria está en peligro, la economía puede naufragar y todo puede ser un desastre, todavía mayor que el propio.

Lo que el PP ha hecho ha sido propiciar la aparición de una nueva izquierda capaz de impedir la recuperación del PSOE

El segundo Zapatero

Se trata de un reflejo muy similar al que experimentaron ciertos socialistas ante la victoria del PP en 1996, si la democracia podía dar el triunfo a Aznar es que algo estaba profundamente mal, justamente lo que intentó corregir Zapatero con el cordón sanitario. El drama del PP no está en que ahora haya obtenido un resultado lamentable que no le va a dejar gobernar, sino en que ha desperdiciado lamentablemente y por un error político muy de bulto, derivado del malhadado Congreso de Valencia, la oportunidad histórica que le brindaba la enorme mayoría absoluta tras el fracaso de Zapatero. Algo así como si el PP se sintiese obligado a cometer un error mayúsculo para permitir la recuperación de su adversario habitual, pero la operación política ha sido tan torpe que ni siquiera ha conseguido que el PSOE se recupere, porque, en realidad, y conscientes de que se le iba a robar el programa al PSOE, sin hacer nada distinto de lo que hubiera hecho Rubalcaba de haberse podido recuperar del disparate zapateril, incluyendo la evaporación del caso Faisán, lo que el PP ha hecho ha sido propiciar la aparición de una nueva izquierda capaz de impedir la recuperación del PSOE, dando al joven Iglesias un trato de lujo en las televisiones del sistema, maquiavélica trampa, (”¡vais muy bien!” le dijo Rajoy a Iglesias en el momento decisivo de la campaña)  que en absoluto ha servido para lo que se pretendía.

Las pulgas no crecen al llamarlas elefantes

El efecto combinado de una cadena de errores tan abultada, que incluye la falsa impresión de que se ha hecho algo relevante para disminuir el cáncer del disparatado gasto  público, y que se adorna con el desesperado empeño de disimular las responsabilidades personales en el asunto Bárcenas, se encuentra en el las elecciones del pasado 20 de diciembre, que vanamente se tratan de homologar con una victoria. El intento de celebrar un resultado tan rotundamente malo bailando en el balcón de Génova ante unas decenas de empleados del partido, está llamado a un fracaso que no cesará de agigantarse a medida que pasen los días.

Rajoy no sabe hacer otra cosa que esperar y huir hacia adelante, pero el callejón no tiene salida para él. Apenas le quedan unos días para poder exhibir un gesto de cierta grandeza y marcharse ante la evidencia de que no puede ser la solución porque ha sido la piedra angular del fracaso. Su voluntad suicida de aferrarse al timón de un barco que amenaza hundirse por la deriva que él ha escogido, es un comportamiento típicamente patológico de quien se niega a admitir la evidencia por estar rodeado de una nube de aduladores que  le han de acompañar en su suerte.

Un gobierno de gran coalición será una salida en falso absolutamente imposible si para lo único que puede servir es para salvar el culo del presidente en funciones

Dos mentiras imperdonables

No se puede engañar por más tiempo a los electores haciéndoles creer que la alternativa a Rajoy es el mal absoluto, en la economía, en la política y en el destino de España. Los supuestos enemigos del sistema se han integrado al obtener representación y, salvo suma torpeza, están destinados a menguar cuando se los vea a la luz de la política ordinaria, más allá de las grandes palabras sin contenido alguno. No se puede uno agarrar al temor que puedan suscitar, y al que se le ha dado una generosa beca para que brote, para imponer la continuidad de un gobierno que no ha obtenido la mayoría suficiente.

Un gobierno de gran coalición podría ser una solución teórica en un marco de normalidad, pero no puede serlo de ninguna manera cuando los dos grandes protagonistas se profesan un odio que deriva de que cada uno piensa del otro que le ha arrebatado su sitio. Por más que lo parezca sugerir la aritmética y la experiencia alemana, será una salida en falso absolutamente imposible si para lo único que puede servir es para salvar el culo del presidente en funciones. En otro caso, también ofrece dificultades poderosas, porque dejaría a la supuesta alternativa bolivariano/oportunista el campo libre para toda clase de baladronadas, y ya es hora de que empecemos a llamar a las cosas por su nombre, y de que el centro derecha pueda ganar o perder unas elecciones sin necesidad ni de travestirse, ni de amenazar con la muerte de la libertad, con ese tesoro político del que tantos descreen, y con el que nunca han sabido qué hacer.

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