“Rastas versus corbatas”

JORGE BUSTOS 15/01/2016

Este Parlamento se parece más a la gente, ha dicho Íñigo Errejón. Y su eco se propaga por las tertulias con ese reverbero automático y ful con que las mejores intenciones cristalizan en tópicos vulgares. Que lo diga Errejón tiene lógica, porque como teórico del populismo debe esforzarse por instalar en la opinión pública esta sinécdoque: mis votantes son el pueblo, mis diputados la asamblea legítima. Al final de ese camino mil veces fatigado en el siglo XX siempre hay un demente que confunde su ansia de poder con la voluntad popular. Y a los lados yace un reguero de escrupulosos.

Para que esa perversión poética de la lógica que es la sinécdoque allane el camino del despotismo, es importante que la anécdota suplante sistemáticamente a la categoría. El desaliño indumentario, la toma de un bebé o la negritud de una diputada son tratados por el populismo no como lo que son, circunstancias de la condición humana, sino como la sustancia del debate político. El mecanismo de la propaganda opera como un sombrero de prestidigitador donde entra un hecho y sale un eslogan. Según ese birlibirloque, un mayor pintoresquismo implica una mayor representatividad.

Más allá de los códigos de vistosidad de la telecracia, ignoro por qué razón jurídica una mochila nos representa mejor que una cartera, y un pardo macizo de rastas mejor que una corbata convencional. Si se trata de mejorar la representatividad de nuestra democracia, instauremos listas abiertas. Si se trata de dar el gato del postureo por la liebre del mandato popular, entonces alcemos el puño al unísono, prometamos por la soberanía de nuestra aldea y virtamos un Orinoco de llanto a las puertas del Congreso en la esperanza de conmover a los mercados que deben comprar la deuda con que se pagan las nóminas de nuestros médicos.

Pero incluso si censáramos a los rastafaris españoles y concluyésemos que superan los 12.000 votos que cuesta un diputado por Soria, nadie nos garantiza que los intereses del rastafarismo estuvieran mejor defendidos por un diputado con rastas que por uno con terno y gomina Patrico. No juzgar a las personas por su atuendo es la primera lección moral que nos enseñan tanto los mafiosos de Coppola como la familia en chándal de Tony Soprano: dos elegancias dispares y una sola naturaleza criminal.

La parte folclórica y amateur de esta Cámara no la vuelve más representativa de “la gente” que la anterior. Que a sus escaños hayan accedido un enólogo, un pescador de truchas o un dependiente del McDonald’s es entrañable, pero no garantiza su talento legislativo ni su incorruptibilidad. La ética no la determina la clase social, y la capacidad mucho menos. Bolaño fue vigilante de camping: cambió la narrativa española pero habría sido un político ominoso.

Esta semana han combatido la realidad (C’s tejiendo el acuerdo que hizo presidente a López) y la ficción (Podemos montando el circo del búnker y la lactancia), y según las portadas ganó la segunda. Pero que Pablo Iglesias no se confunda: no sabe dónde se ha metido. Esos diputados veteranos que desprecia ya le han madrugado la Mesa del Congreso y le ganarán muchas veces más. Son una especie letal, superviviente de un atroz darwinismo: quizá balbuceen en los platós pero se orientan como lobos por la tundra parlamentaria, allí donde Iglesias se ovillará como un niño perdido hasta que se cumpla el augurio de ZP: “Pablo, la democracia te cambiará mucho más de lo que tú puedas cambiar la democracia”. Lo esperamos por su bien y el de todos.

 

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