“Todos a la cárcel”

Julio Llamazares 8 feb. 2016 El País

España es un gran juzgado. Pongas la televisión a la hora que la pongas y abras el periódico por la página que quieras, lo que verás son imágenes de personas entrando y saliendo de los juzgados como si todo el país estuviera acusado de algo. Hay días en que uno tiene la impresión de que los únicos libres de culpa son los periodistas que montan guardia a la puerta de los juzgados y de las audiencias y los conserjes de éstos.

En 1993, el director de cine Luis García Berlanga se anticipó a lo que sucedería luego y a lo que continúa sucediendo hoy en una película, Todos a la cárcel, considerada menor en su filmografía pese a que obtuvo diversos reconocimientos, entre ellos el premio Goya al mejor director y a la mejor película de ese año. Se le criticó a Berlanga dar una imagen de España demasiado irreal y esperpéntica por más que ya entonces fueran reconocibles los hechos y las conductas que en la película se parodiaban: políticos, banqueros, empresarios, gente de la farándula y del espectáculo coinciden en la cárcel Modelo de Valencia (sí, la de Valencia precisamente, donde también se rodó la película, toda una premonición) en la celebración de un homenaje a los presos políticos del franquismo que terminará en un aquelarre disparatado y lleno de humor, con todos los visitantes (José Sazatornil, José Sacristán, Juan Luis Garliardo, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Santiago Segura, el cantante italiano Torrebruno…) intentando hacer negocios de todo tipo aprovechando su paso por la prisión. Tanto el título como el final de la película fueron premonitorios de lo que sucedería muy pronto: la conversión de España en un gigantesco patio de Monipodio que, a poco que la justicia se empeñe, requerirá que se dupliquen las cárceles para acoger a todos los candidatos a terminar con sus huesos y sus corbatas de seda en ellas. El espectáculo es ya tan obsceno que los noticiarios televisivos y los periódicos parecen crónicas de tribunales, con policías y guardias civiles entrando y saliendo de sedes de partidos y de empresas con órdenes de registro, acusados haciendo lo propio en juzgados y audiencias para declarar y hasta futbolistas multimillonarios enfrentándose sorprendidos a la mirada inquisitorial de un juez que gana en todo el año lo que ellos en el tiempo que dura su declaración.

Que alguien pare este espectáculo, por favor, si no queremos que el país entero arda en una falla auténtica. Y, si no puede ser, que por lo menos vuelva Berlanga desde su tumba y lo retransmita. Con él al menos nos lo tomaríamos a broma.

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