“Silencios”

David Trueba 9 feb. 2016 El País

Quizá se deba al carácter español, sanguíneo y poco dotado para la calma reflexiva, pero resulta pasmoso ver cómo la opinión pública se siente implicada en asuntos menores, pero rechaza involucrarse en lo verdaderamente esencial. Así, es habitual que anécdotas chuscas, crímenes zafios, transgresiones ridículas se transformen en debates nacionales. No es que resulte fácil manejar la agenda de los intereses mediáticos, sino que es una constante reducir la edad mental de la audiencia para saciarla, involucrarla y manejarla al antojo. No quiere esto decir que a las anécdotas no haya que dotarlas de categoría, a veces la tienen, y se cuenta mejor un país por sus estatuas en rotondas, sus encierros con cabestros y su teatro de títeres que por la obra de los grandes pensadores y artistas, siempre excepciones a la norma. Lo incómodo es ver pasar la injusticia ante la puerta y comprobar que todo el mundo está mirando para otro lado.

Se ha contado muy poco la Transición española desde la reconversión del Ejército. La supresión del servicio militar tuvo que llegar dictada desde un Gobierno conservador, pero la presión social para hacerlo tenía que ver con la remodelación del concepto de autoridad. Una nueva generación no acababa de entender las razones para someterse durante un largo año al capricho de algunos mandos intermedios, que formaban o vejaban a la tropa al vaivén de su ánimo y carácter. Era ese escándalo callado, del que no se hablaba en la prensa ni en las reuniones de la jefatura del Estado, el que se convirtió en un clamor. Desde entonces, y gracias a una manera de entender la carrera militar distinta y hasta entonces minoritaria dentro del propio Ejército, se produjo una reconversión que ha reordenado la opinión general, convencida de que merece la pena sostener misiones humanitarias, acciones de protección, participación en las decisiones de los socios estratégicos y vigilancia inteligente de los peligros armados que nos acechan.

Por eso resulta tan triste que los tribunales militares hayan dictado el sobreseimiento del caso de brutales torturas a prisioneros en Irak, del que se tuvo conocimiento por el vídeo grabado por uno de los participantes. Las amenazas al testigo protegido, su silencio final, condenan el caso a un limbo congelado en la retina de quienes vieron ese vídeo y sintieron asco y desolación, aumentada por la impunidad. Los culpables quedarán sin castigo y puede que consigan progresar en su carrera de servidores públicos, amparados en una intolerable interpretación de conceptos como fidelidad o traición. Las instituciones democráticas no se debilitan por someterse al rigor de la justicia, sino que se fortalecen.

 

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