Pero, ¿de qué va Pablo Iglesias?

Pablo Iglesias, un parlanchín ensoberbecido

Arturo González 15 feb 2016

¡Y encima va de perdonavidas! Es evidente que este señor no está por la gobernabilidad. Desgrana su discurso como un autómata programado. Proponer el referéndum en Catalunya cono condición indispensable y en las primeras fechas de un nuevo Gobierno indica que no quiere un acuerdo, sino sumisión a sus designios, pues sabe de sobra que esa premisa no la aceptarán nunca ni Pedro Sánchez ni el Comité Federal ni las bases del PSOE.

La petulancia con la que reincide en proponerse para Vicepresidente, por cierto con facultades que anularían al Presidente convirtiéndolo en un títere, algo que nunca viose, demuestra que se cree el verdadero salvador de la democracia y su regeneración, sin que él ofrezca las mismas garantías que exige.

No quiere hablar de ministerios bajo su adscripción, pero habla, y no solo de ministerios sino hasta de Secretarías de Estado.

En resumen, quiere que siga gobernando Rajoy, bien en un último intento de investidura, bien en unas nuevas elecciones en que los más de siete millones de fieles fanáticos le renueven su confianza, asustados por lo que ofrece y exige el autoritario gurú de Podemos, y por muchas Aguirre y Barberá que haya.

Y ha pasado de negarse a hablar con el PSOE en tanto no dejase de negociar con Ciudadanos, a constituirse en paladín de toda negociación con todo quisque. Un caso de soberbia psiquiátrica.. Presenta un documento cerrado para humillar al PSOE, como si é fuera el encargado de la investidura por el Rey.

Sus facilonas propuestas económicas se basan en pagar más y no en producir más, mejor y nuevo. Ni una palabra sobre las dificultades mundiales que se avecinan. Él encerrado en su solo juguete.

No sé si los españoles accederían con gusto a que controle el Centro Nacional de Inteligencia.

Tampoco sé si verían con buenos ojos que se erija en garante de la lucha contra la corrupción sin que haya mecanismos que lo controlen a él y a su partido. Páginas web y auditorias del Tribunal de Cuentas tienen todos.

Es triste que la intransigencia, la falta de cordura, y aras de pureza ideológica impidan al menos un avance moderado en la situación de España. Lógicamente, Sánchez le reconducirá a su papel, y tanto en la no muy segura negociación como en la sesión de investidura lo dejará en posición comprometida. Iglesias deberá asumir su parte de culpa.

Negociar es ceder. De acuerdo. Pero no se puede ceder en nada esencial. Ni unos ni otros. Por ello es previsible que un acuerdo PSOE-Podemos no alcanzará puerto. Salvo que ambos cedan  más de lo decente llevados por sus ansias de saborear el poder. Y dejémonos ya de deformaciones y falsas percepciones. Pueden negociar y llegar a acuerdos dos que discrepan, pero no dos que no se pueden ver, que es la realidad de lo que les ocurre al PSOE y a Podemos.

Ah, y supongo que Iglesias se seguirá postulando también como portavoz del Gobierno. Una fuente de conflictos permanentes a añadir a la propuesta inasumible que ha presentado Iglesias. Mejor déjenlo y los españoles dirán.

 

¿Qué es lo que quiere Podemos?

Juan Carlos Escudier 16 feb 2016

La manera que Podemos ha elegido para negociar un pacto que permita la investidura de Pedro Sánchez es por el momento un gran misterio o una genialidad similar al penalti indirecto de Messi. Hasta ahora se creía toda negociación necesitaba que las partes implicadas buscaran un primer acuerdo sobre el marco y los colores a utilizar para luego pintar el cuadro, pero el método de Iglesias parece haber invertido el orden tradicional: ha enviado directamente el Gernika para que los del PSOE lo lleven a enmarcar y lo firmen en una esquina.

Cien páginas después, tal es el volumen del documento que Podemos ha hecho llegar a todos los partidos incluido el PP, se han acrecentado las dudas sobre la voluntad real de Podemos de llegar a algún acuerdo, no ya tanto por el contenido sino por la liturgia, una ceremonia de la confusión en la que Iglesias pretende oficiar de sumo sacerdote e iniciar por su cuenta una ronda de consultas al margen del designado formalmente para intentar formar gobierno.

Sin ser descartable que nos hallemos ante otro de esos golpes de efecto que Podemos ha popularizado hasta para rendir visita a los baños, todo apunta a que su intención última es que el PSOE rompa la baraja y, ya de camino hacia unas nuevas elecciones, poder culpar a la vieja política de hacer oídos sordos a las justas demandas de la gente y afianzarse como la primera fuerza de la izquierda.

La estrategia tiene algunos inconvenientes. El primero es que resulta muy evidente y los socialistas no son del todo imbéciles, por lo que procurarán aparentar que el único culpable de que no haya sido posible un gobierno que entierre la etapa del PP es Iglesias. El segundo sería explicar por qué lo que ha sido imposible con Podemos, sí ha dado sus frutos en las reuniones que el PSOE está manteniendo con Ciudadanos o con IU, a la que se pretendía además integrar en el mismo gobierno de coalición. Finalmente, tendría que argumentar por qué sus votos negativos unidos a los del PP hicieron imposible que se formara un gobierno dispuesto a implantar un ingreso mínimo vital y a elevar significativamente el salario mínimo, a cambiar la ley electoral, a derogar la reforma laboral del PP, la ley mordaza, la prisión permanente revisable y el artículo antihuelgas del Código Penal, a impedir los desahucios de personas sin recursos, a dificultar las puertas giratorias y a promulgar un amplio paquete de medidas anticorrupción, entre otras.

Pocos entenderían esa actitud, como tampoco se comprende que se pretenda obligar a Sánchez a finiquitar sus conversaciones con Rivera para, posteriormente, ante un eventual acuerdo del PSOE con Podemos, negociar la abstención de Ciudadanos. Es muy razonable que se quiera tensar la cuerda de la negociación, aunque parece de sentido común asir antes la cuerda, es decir, sentarse primero a negociar y luego hacer fuerza hasta romperla si fuera preciso.

Lo que tácticamente era una buena idea hace un mes, quizás no lo sea tanto en el momento actual. Nadie puede asegurar que con la repetición de las elecciones Podemos relegue al PSOE y, aunque así fuera, es muy probable que la correlación de fuerzas ofrezca un panorama muy similar al actual. En esas circunstancias, la llamada gran coalición para facilitar la gobernabilidad dejaría de ser una herejía y la izquierda habría desaprovechado una gran oportunidad para intentar cambiar el país.

A estas alturas, Podemos ha de tener claro el objetivo. Está en su derecho de forzar unos nuevos comicios pero ello es incompatible con dar solución urgente a la emergencia social en la que sobreviven algunos de los colectivos que componen su propio electorado. Es imposible sorber y soplar al mismo tiempo. O eso se decía.

 

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