Unos cuantos datos a tener en cuenta….

Romeva se presenta ante el Parlamento Europeo como “ministro de Exteriores”

Envía una carta al presidente del Parlamento Europeo pidiéndole “apoyo” para el Govern

Remarca en la misiva la naturaleza de cartera de Estado de su departamento

 

El consejero catalán de Asuntos Exteriores, Raül Romeva, remitió una carta el pasado 2 de febrero al presidente del Parlamento Europeo, el alemán Martin Schulz, pidiéndole, en calidad de «ministro de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia del Gobierno catalán», su «apoyo para afrontar los formidables desafíos y las tareas» que les han «encomendado democráticamente los ciudadanos». Así figura en una misiva con membrete de entrada del 16 de febrero en la Cámara europea a la que ha tenido acceso EL MUNDO.

El que fue número uno de la candidatura de Junts pel Sí en las pasadas elecciones autonómicas y eurodiputado entre 2004 y 2014 asegura en la carta asumir sus «nuevas responsabilidades con confianza y plena determinación». Pero no sólo eso. Romeva afirma ser «plenamente consciente de la responsabilidad que este puesto implica, especialmente considerando que éste es un momento crucial en la larga historia de Cataluña».

Cuando envió la carta, el consejero catalán ya conocía que el Gobierno había presentado un recurso ante el Tribunal Constitucional contra las competencias de su nuevo departamento, ya que el recurso fue anunciado el 22 de enero.

La carta de Romeva tiene varias lecturas. Por un lado, hace las veces de presentación oficial ante el responsable de una institución internacional que conoce bien desde dentro, algo que es habitual en las relaciones de la Unión Europea. Pero al mismo tiempo busca suavizar el conato de enfrentamiento que apenas unos días antes ambos mantuvieron a distancia.

El 13 de enero, Schulz repitió por enésima vez que el encaje de Cataluña es un tema interno de España. «La cuestión catalana debe debatirse en el marco de la Constitución española, puesto que uno de los elementos fundamentales de la UE, más allá de los tratados, es la existencia de los textos constitucionales de los Estados miembros», afirmó el alemán. «Soy presidente de una institución europea y respeto profundamente los textos constitucionales de los Estados, la cuestión no se trata en el Parlamento Europeo ni en Bruselas».

La respuesta de Romeva fue también directa. «La Unión Europa se basa en la legalidad, sí. Pero también en la democracia. Cuando un Estado se pone en contra de la democracia y de la gente, ese Estado es un problema», replicó el 25 de enero. Apenas una semana después, según la firma del documento, envió la carta reconciliadora.

El político catalán resalta en ella que «es la primera vez que el Gobierno de Cataluña concede el rango de ministerio al departamento encargado del área de Asuntos Exteriores». «Esto destaca la importancia que nuestro Gobierno da al diálogo y al intercambio con nuestros socios internacionales, y de forma notable a los europeos, en todos los asuntos, incluyendo los relacionados con el futuro político de nuestro país y nuestro compromiso constructivo dentro de la UE», continúa el consejero.

En apenas un párrafo aporta hasta cuatro elementos clave. Por un lado, la decisión de incidir en el rango ministerial de su departamento, sin posibilidad de confusión. Por otro, la referencia a «los socios internacionales», pues socios es una expresión utilizada únicamente para los Estados y no para las regiones. En tercer lugar, la mención «al futuro político de nuestro país», un tema que en el Europarlamento conocen bien por la labor de lobby de los eurodiputados catalanes, tremendamente insistentes.

Pero quizás el elemento más relevante sea el último, en el que se habla de un compromiso «dentro de la UE», pues todas las veces que las instituciones europeas han sido preguntadas por el futuro de una hipotética Cataluña independiente, han respondido que un territorio que se independiza queda fuera de la Unión automáticamente y tendría que pedir de nuevo la admisión.

No es casual por ello el siguiente y último párrafo de la carta enviada al Parlamento. En él, Romeva explica que su principal labor en los próximos meses será proporcionar un relato de «primera mano de lo que Cataluña puede ofrecer como país», para lo que pide directamente a su «amigo» Schulz «apoyo para afrontar los formidables desafíos y las tareas» que les han «encomendado democráticamente los ciudadanos», en referencia a la independencia y a los resultados de las elecciones autonómicas.

Un aliado en Bruselas para romper la tendencia fijada hace años por la Comisión y que todo el mundo respeta: el «problema catalán» es problema español. Y ahí debe quedar.

 

Podemos, claro y contundente    VICENTE LOZANO 18/02/2016 03:05

Hay que reconocer que a Pablo Iglesias y al resto de los líderes de Podemos se les entiende casi todo. Lo vemos en la propuesta formulada al PSOE para investir a Pedro Sánchez y formar un Ejecutivo estable. Iglesias no se anda con paños calientes. No sugiere. Marca su territorio: «Quiero la vicepresidencia y, con IU, más ministerios que el PSOE porque tenemos más votos».

Con la misma contundencia, aunque algo más escondido, Podemos plasma en el documento ‘Un país para la gente’ que ha presentado a las fuerzas políticas su intención, no ya de reformar la Constitución, sino de refundar el modelo de Estado que emergió en 1978, tal y como ha manifestado el partido desde sus inicios como movimiento. Es de agradecer esa transparencia que, al menos, hace que seamos conscientes de lo que Podemos quiere hacer de este país si algún día lo gobierna.

Algunos ejemplos. Una de las constantes del documento es la referencia a la «democracia directa», a la «vía popular», para cambiar las cosas. El texto más claro es el que se refiere a la propia reforma constitucional. Como legalmente se necesita el concurso del PP para cualquier modificación, Podemos considera que «cabría activar la vía popular (…); es decir existen derechos y garantías democráticas previstos en la Constitución española que permiten convocar un referéndum para iniciar el proceso». En definitiva, Podemos prevé saltarse a la torera el Congreso, sede de la soberanía popular…, invocando esa misma soberanía popular. Las referencias a la participación directa de los ciudadanos son constantes. En otro punto se lee que un «gobierno del cambio debe otorgar un papel directo a la ciudadanía en su derecho de participación en los asuntos públicos frente al poder económico». Otro caso: Podemos propone un Consejo Asesor Anticorrupción, dependiente de la Vicepresidencia de Iglesias, conformado por «movimientos asociativos civiles y personalidades de reconocido prestigio en la lucha contra la corrupción y el crimen organizado». Piensen en la composición de ese consejo.

La preeminencia de lo público sobre lo privado y la necesidad de renacionalizar actividades económicas también quedan plasmadas con nitidez en el documento. Así, «el suministro energético recuperará su carácter de servicio público». En el campo de las telecomunicaciones propone «garantizar la coinversión pública en la infraestructura de fibra óptica y redes móviles que hasta ahora han sido impulsadas por empresas privadas y que han convertido estas infraestructuras fundamentales en bienes de titularidad exclusivamente privada». Atención, Telefónica. Y la educación concertada «seguirá financiándose con recursos públicos sólo en los casos en que sea necesario por insuficiencia de la oferta de la red» pública, olvidando así el artículo 27 de la Constitución.

Otro punto clave del documento de Podemos es la referencia a un nuevo modelo territorial que nada tiene que ver con el establecido en 1978. Podemos va mucho más allá de la cuestión catalana y considera necesaria «la aceptación del derecho a decidir en aquellas naciones que lo hayan planteado con especial intensidad». Añade que se «debe entender España como país de países» y pide una revisión de los contenidos educativos en materia de Historia y Ciencias Sociales que lleve a «superar la visión homogeneizadora de la historia de España». El documento reclama «la búsqueda de un nuevo encaje para todas las naciones, comunidades políticas y territorios (…), un proceso que debe partir del reconocimiento previo y específico de las diversas realidades nacionales». Todo está muy clarito. Nadie se puede llamar a engaño.

 

La hora zombi: el nacionalismo toma posesión del cuerpo de Podemos    Andrés Herzog 17.02.2016

El nacionalismo, como doctrina política, se basa en anteponer la tribu a los individuos, en fomentar identidades y sentimientos colectivos y situarlos por encima de los derechos básicos de los ciudadanos. De forma más o menos encubierta bajo todo nacionalismo subyace una defensa de la supremacía racial, religiosa, social o económica del pueblo “elegido”, lo cual es una forma indirecta de alabar la vanidad individual de todos y cada uno de sus miembros. El nacionalismo mira a los ojos a la gente y les dice “tú te mereces más”. Y, claro, si por una casualidad no tienes lo que crees que mereces, no es culpa o responsabilidad tuya: es simplemente porque otros te lo han quitado, te han robado (¿les suena?). Es una doctrina política que ha causado atraso, pobreza e incontable sufrimiento a la humanidad (dos guerras mundiales el pasado siglo sin ir más lejos), por su terrible capacidad de expansión y contagio, derivada de la simpleza de su mensaje y de su inmenso poder de seducción.

El nacionalismo a la postre se convierte en un proceso de discriminación social, profesional y económica, especialmente en aquellos lugares con lengua cooficial “propia”

En España el nacionalismo ha sido y sigue siendo un mal endémico. Franco fue un acérrimo nacionalista, pero con el advenimiento de la democracia, y por pura reacción al régimen franquista, ese nacionalismo de ámbito nacional desapareció, o más bien mutó en otros de signo periférico, que bajo el bonito discurso de la diversidad y pluralidad de España en realidad predicaron e impulsaron lo contrario en sus respectivos ámbitos territoriales, en los que han practicado un sistemático proceso de unificación, de “normalización” (que parte de la perversa premisa de que los ciudadanos no son “normales”) y de construcción identitaria, que a la postre se convierte en un proceso de discriminación social, profesional y económica, especialmente en aquellos lugares con lengua cooficial “propia”, en los que una importante parte de la población que no la entiende o domina no puede acceder al empleo público e incluso al privado en condiciones de igualdad con los bilingües.

Este proceso en España ha sido promovido no solo por los partidos nacionalistas, sino también por los partidos nacionales, el acomplejado PP (en sitios como Galicia, Valencia o Baleares) y, especialmente, por el PSOE, cómo máximo representante de una mal llamada “izquierda”, que lejos de ser progresista e internacionalista (“proletarios del mundo, uníos”) abrazó los casposos dogmas del nacionalismo periférico e incluso los privilegios de los que disfrutan algunas de las CCAA más ricas, como País Vasco y Navarra, poseedoras de inexplicables “derechos históricos”.

Todo este proceso de exaltación de las diferencias y de persecución de cualquier cosa que pudiera considerarse “española” ha incrementado la desigualdad y llevado a nuestro país a una situación límite. Pero, como suele decirse, toda situación desesperada es susceptible de empeorar y esos nacionalismos periféricos que, hasta la fecha, habían quedado recluidos en sus respectivos ámbitos de actuación (aprovechando coyunturalmente la aritmética electoral para incrementar sus ventajas y prebendas a través del PNV y CiU) han colonizado un partido político nacional, Podemos. Y es que en su proceso de expansión nacional, dicho partido ha sido invadido por un aluvión de colectivos, mareas y formaciones nacionalistas de variado pelaje, que amenazan con fagocitar al nacionalismo clásico, inclusive a los herederos de ETA, en franca decadencia tras el fin de la violencia terrorista que los protegía.

Era simplemente cuestión de tiempo que el populismo viera la utilidad que, para alcanzar el poder, tiene la poderosa simpleza del mensaje nacionalista

¿Cuáles son las consecuencias de esta colonización? Pues que la prioridad de Podemos ha dejado de ser la justicia social (su particular entendimiento de ese concepto, más bien) para pasar a ser el sentimiento identitario y, a la postre, antes o después, la ruptura de España, potencialmente mucho más peligrosa para la sociedad del bienestar (no digamos ya para los derechos fundamentales) que cualquier otra medida que pudieran haber planteado la formación populista. Y es que era simplemente cuestión de tiempo que el populismo, que no consiste en otra cosa que dar soluciones simples a problemas complejos, viera la utilidad que, para alcanzar el poder, tiene la poderosa simpleza del mensaje nacionalista, del “España nos roba”, que hoy ha tomado cuerpo en un partido político nacional que, por fin, puede hacer realidad sus sueños (más bien pesadillas) identitarias, desvertebradoras de España, aunque para ello su líder máximo tenga que renunciar a ser presidente de un país y conformase con serlo, en su caso, de sus jirones.

 

La gran contradicción de Podemos    Manuel Muela 17.02.2016

El proyecto de gobierno que presentan para coaligarse con el PSOE e Izquierda Unida es, en realidad, la reiteración de su programa electoral al que ya me referí en su día, con las añadiduras necesarias sobre la composición del Gobierno de Coalición y el reparto de la alta administración del Estado. Sobre las cifras ya expresé mi opinión, el papel lo aguanta todo, pero hoy me interesa llamar la atención sobre cómo los hombres de Podemos apuestan por la intervención pública con políticas a desarrollar en los sectores más sensibles de la economía y de la sociedad y, en paralelo, refuerzan su propósito inicial de construir un Estado confederal. Ellos lo llaman plurinacional, que es la fórmula más alejada a la del Estado unitario y centralizado como instrumento más eficaz para ejecutar las políticas gubernamentales. No sé si son conscientes de esa grave contradicción, producto de sus compromisos con las mareas, y que, en caso de serlo, hayan pensado que, una vez obtenido el poder, arrumbarán la idea de seguir debilitando el Estado. De momento, es una apuesta sin ambages por acelerar la decadencia de España.

La apelación confederal de Podemos nos indica que las fuerzas centrífugas gozan de una salud excelente y de gran predicamento electoral

La pequeña sociedad de naciones del Ruedo Ibérico

Debo reconocer que si los proyectos confederales hubieran venido de la mano de los de siempre, nacionalistas e independentistas, me preocuparía en menor grado, aun reconociendo la trascendencia de todo ello para el porvenir de España, pero el hecho de que la fuerza que apunta a convertirse en la referencia de la izquierda, y que ya hoy es decisiva para que se pueda formar o no gobierno, tenga entre sus objetivos convertir lo poco que queda del Estado español en una especie de sociedad de naciones del Ruedo Ibérico, me produce estupor. A pesar de mi visión pesimista sobre los desastres causados por el Estado de las Autonomías, pensaba que quedarían bases para reconvertirlo y parar su deriva insolidaria. Lo de Podemos desvanece cualquier esperanza inmediata sobre ello, teniendo en cuenta que los restantes actores políticos tampoco están por la labor: unos, los del bipartidismo, porque son responsables directos del debilitamiento del Estado y eluden cualquier rectificación y otros, los independentistas y sus émulos, porque lo niegan de plano.

El descrédito del Estado, cuyo papel es fundamental para hacer de España un país educado, libre y solidario, ha sido impulsado por unos y tolerado por otros, contaminando casi todo el tejido social hasta el punto de invalidar cualquier discurso que pretenda poner en cuestión las causas de la lacerante realidad actual. La apelación confederal de Podemos nos indica que las fuerzas centrífugas gozan de una salud excelente y de gran predicamento electoral, aunque no se calibre que el imperio de lo centrífugo convierte en papel mojado cualquier pretensión de ejecutar políticas gubernamentales en el seno de un caleidoscopio como el que se dibuja. Si hasta ahora los gobiernos centrales se las han visto y deseado para gobernar, aun disponiendo de claras mayorías parlamentarias, excuso decir lo que puede ser un gobierno que en su frontispicio lleve el anuncio de apuntillar definitivamente el Poder Central.

Tiempos convulsos con políticos inanes

No exagero al afirmar que la postura de Podemos en el campo de Agramante de la política española aventura tiempos convulsos en los que, inicialmente, ese partido incrementará sus apoyos a costa de un PSOE víctima de su trayectoria irregular y del centroderecha asediado por los personalismos y la falta de un proyecto rectificador en el más amplio sentido del término. Por ello, es difícil saber si habrá o no investidura; no digo que de igual, aunque, a mí juicio, los mimbres de ese hipotético gobierno, vengan de donde vengan, serán insuficientes para fabricar el cesto que España necesita.

El discurso de Podemos ha captado el sentido tutelar que impera en amplias capas de la sociedad, unas dañadas por la crisis y otras simplemente acostumbradas a las ayudas diversas

Los que han minusvalorado la fuerza atractiva del clientelismo económico y educativo practicado durante décadas en las diferentes Comunidades Autónomas son presos de sus fracasos y encima ahora se enfrentan a una fuerza política que es como una división panzer frente a ejércitos grandes pero anonadados. El discurso de Podemos ha captado el sentido tutelar que impera en amplias capas de la sociedad, unas dañadas por la crisis y otras simplemente acostumbradas a las ayudas diversas, y lo ha adobado con negar el pan y la sal a ese Estado gaseoso fabricado por sus oponentes, que ellos no pretenden cambiar para fortalecerlo y liberar recursos provenientes de la supresión de estructuras superfluas y duplicadas. Abogan por su liquidación definitiva. Como experimento académico o de laboratorio, sería interesante, pero para todo un país, me parece un disparate con el que daremos grandes tardes de gloria a propios y extraños, a costa del continuado castigo fiscal de nuestras clases medias.

Todas las páginas de la propuesta de Podemos dedicadas a las políticas sociales se convierten, a mi juicio, en papel mojado no sólo porque los números no cuadran, sino por el hecho de que en el mismo documento se renuncia a reestructurar el Estado actual para convertirlo en un instrumento eficaz al servicio de la nación y de las políticas gubernamentales. El diseño confederal que propugnan convertirá al Gobierno central en un mero coordinador o templador de gaitas de los intereses de esos micro estados que se pretenden. En suma, ahondar la debilidad del Poder Público como divisa de esta nueva izquierda sin una gota de sangre jacobina. La gran contradicción.

 

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