“¿Quién paga el chantaje británico?”

20 feb. 2016 El País Sami Naïr

El regateo siempre repercute en los mismos, los asalariados y sus derechos sociales

Desde comienzos de los años ochenta la UE avanza hacia una integración mal pensada, incoherente y sin un proyecto político colectivo serio. Reino Unido, desde el principio, dejó clara su ambición: construir un espacio de libre cambio a escala europea, incluyendo, tras la caída de la Unión Soviética, a los países del Este. Ampliar la UE a estos países era, para los británicos, a la vez una necesidad en este proyecto de libre cambio continental y, nunca dicho pero muy bien pensado, un obstáculo suplementario para la instauración de una Europa federal, de hecho, imposible, a 30 países. Es decir, el fortalecimiento económico liberal de la Unión debe ir en pareja con el debilitamiento político de Europa, lo que es lógico desde el punto de vista liberal, centrado en el rechazo del control político de las orientaciones económicas. No podemos, entonces, reprochar a los británicos una falta de coherencia, y menos extrañarnos cuando piden “concesiones”.

Pues el problema central es el del resto de los países europeos frente a la singularidad proclamada por Reino Unido. Todos, incluso los que tendrán que explicar a su opinión pública las decisiones relativas a las restricciones de los derechos de sus emigrantes, no están en total desacuerdo con el señor David Cameron. En realidad, la gran mayoría, cuya política económica tiene la misma inspiración ideológica que la de los británicos, no se caracteriza por un respeto particularmente honesto y firme a los derechos sociales de los inmigrantes comunitarios.

La realidad es que si la Comisión y el Consejo Europeo han aceptado, pese al uso de palabras aparentemente inofensivas, el chantaje británico es porque al fin y al cabo toman en cuenta dos hechos indudables: primero, en situación de crisis cada uno va a lo suyo y tiene el derecho de hacerlo; segundo, la Unión se encuentra en un callejón sin salida desde la crisis del euro, y nadie sabe exactamente lo que podrá ocurrir mañana, dada la inexistencia de mecanismos políticos comunes de salida de la crisis.

Porque la realidad hoy es esta: son tres grandes países —Alemania, Francia y Reino Unido— los que, aunque cada vez con mayores dificultades, deciden el porvenir europeo. Dos lo hacen desde dentro del euro. Los británicos, desde fuera. Por eso es ingenuo pensar frente al chantaje de cada uno de estos “grandes” que los demás irán en contra. Pero sí es seguro que el regateo es y será siempre pagado por los mismos, es decir, los asalariados que sufren restricciones de sus derechos sociales. Como prueba, lo que pasó ayer en Bruselas, que se puede volver rápidamente en norma para otros países (Alemania, Austria, etcétera).

Mientras no se plantee de manera radical la construcción de una Europa de otro tipo, en la que la unión política sea la guía estratégica, tendremos este teatro de simulacros, en el que, como decía Goya en los

Caprichos, cada uno lleva una máscara, finge y aparenta, como si el mundo fuera solo una gran comedia.

 

 

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