Sabor amargo

La ideología españolista se refugia en las instituciones del estado como un virus que lo infecta y recorre de arriba a abajo, y eso une a los partidos que representan al estado y defienden todo tipo de intereses establecidos

Suso de Toro 27/04/2016

Hablaba de literatura con una estudiosa italiana, le explicaba que el panorama de la literatura española que había sido creado entre los ochenta y los noventa estaba por los suelos, autores y obras literarias establecidas como referencia habían envejecido y se veían rancias. Como ese sistema literario se había instituido con un criterio lingüístico sectario que ocultaba las literaturas en otras lenguas que no fuesen el castellano. Como, por ejemplo, la literatura catalana era conocida en Europa y completamente desconocida en España. Como los puentes entre las lenguas y literaturas estaban volados, como conté aquí hace tres años.

Y eso me llevó a continuar que lo que ocurre en un campo tan simbólico como es la literatura refleja la situación de España como comunidad humana y política y como estado. Eso me llevó a continuar: ya no hay referencias nacional españolas, nadie tiene capacidad de imponer y prescribir, nadie confía ya en “su periódico”…, todo se ha venido abajo.

Los papeles de Panamá son una pintura negra de un Goya que retrata a esa realeza, en el retrato están la Familia Real, Aznar, González, Cebrián… ¿Qué queda del tinglado de la Transición? ¿De verdad alguien cree que puede tapar esa enorme vía de agua informativa despidiendo a un periodista? Patético final.

Eso sí, la ideología españolista se refugia en las instituciones del estado como un virus que lo infecta y recorre de arriba a abajo, y eso une a los partidos que representan al estado y defienden todo tipo de intereses establecidos. El mismo hecho de pretender imponer las corridas de toros por ley para asegurar la identidad española demuestra la paranoia de una ideología que solo puede pervivir por la fuerza y que es nacionalista pero no “nacional”, en absoluto, en el sentido de asumida por una comunidad política. España, simplemente, no es una nación, lo es menos que nunca.

El Ejército, que garantizó la continuidad de los intereses y elementos del franquismo no puede hoy garantizar la sumisión de la población. La Iglesia española, que tuteló la sociedad con los militares, sigue siendo rica y poderosa pero ya solo es un grupo de presión con ideología e intereses particulares, no expresa a una sociedad que la ve con mucha distancia. La Monarquía no se cae a pedazos al suelo porque ya está, como todo, por los suelos, ya sin hablar de la corrupción y desvergüenza, es una parte importantísima del fracaso del sistema político español. Y los partidos estatales e incluso los sindicatos que sostenían el tinglado, qué vamos a decir que no sepamos.

La diferencia con Italia, le explicaba, es que allí la cultura social se basa en un devastador cinismo, asumido como cultura nacional, en cambio en España la sociedad no sabe como aceptar la propia corrupción, que al fin es la de todos, y necesita expresarse con enfado. La ira española. Lo que en Italia se vive con aceptación y cinismo en España se vive con indignación y dramatismo.

No sé si será mejor pactar ahora un gobierno posible que deshaga algunas de las cosas terribles que cometió Rajoy o ir a unas elecciones que pueden dar tanto un nuevo gobierno del PP con Ciudadanos como un gobierno progresista. No lo sé. Pero lo que sí veo alrededor es cierta amargura. Y el sabor de la amargura se debe en primer lugar a que los partidos que deberían haber dado una alternativa al PP no la dieron, pero también a la clara conciencia de que España es un barco herido.

Y la culpa no es de los catalanes, si los catalanes desean marcharse de un país así es porque pueden permitirse desearlo y porque creen que pueden construir un país mejor donde vivir, su república.

 

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